POESÍA

CANCIÓN DEL OLVIDO

Cuando presienta el final de mi vida, lo esperaré sin temores.

Cuando yo muera, concluiré el camino sin tristezas.

Cruzaré el umbral predestinado y sabré entonces que la muerte es una bella mujer que me esperaba, etérea e intangible.

Conoceré sus ojos, oquedades de luz y de tinieblas.

Extenderá su mano, de hielo azul y transparente, para darle una caricia a mis cabellos.

Me atraerá hacia sí, tierna, amorosamente, hasta envolverme con su túnica inconsútil.

Y entonces…

Se convertirán en nieve mi cabeza,

mis ojos en granizos,

mi boca en arena, mi corazón en piedra,

mi pecho en polvo,

mis dedos en esquirlas,

mis piernas en raíces,

mi piel en pergamino,

mis huesos en cenizas.

Y así,

por fin y para siempre,

mis restos y mi historia conocerán el aposento sagrado y misterioso de la tierra.

Y el tiempo pasará,

y sobre mi tumba soplarán los cierzos,

acaso crecerá un árbol,

defecarán los perros…

O nada,

nada pasará,

¡Sólo el olvido!

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NOCHE Y DÍA

Exultante, vital, el sol brilla de día;
breve ocaso, preludio de la noche
serena, invernal, oscuro broche
que engarza igual tristeza que alegría.
Sortilegio ancestral. Alegoría
de vida y muerte, y de reproche
de no ser esencial sino fanfoche.
“¿Qué Dios detrás de Dios la trama haría…?”
¿De rápido vivir el día con día,
y morir lentamente noche a noche?

 

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