EVOCACIONES

Las Ramas 2

LAS RAMAS. UNA TRADICIÓN VERACRUZANA

En el puerto de Veracruz de mi nacencia, durante la temporada navideña se tiene la tradición de “Las Ramas”. Desconozco su origen, pero por regla general la practican los niños. En menor medida los adultos, además ellos con más sentido folklórico, tal vez a tono con su origen, particularmente en los veracruzanísimos pueblos de Alvarado y Tlacotalpan.

Hermosa y seguramente bastante antigua es la tradición, además totalmente típica de tierras veracruzanas. Lo del nombre de La Rama se debe a que se utiliza una rama de casuarina de buen tamaño, digamos que equivalente a uno de Navidad mediano, que desde luego no tenga mucho peso pues algún mocoso la debe cargar. En la temporada es usual que la chamacada de los barrios pobretones organizados en pequeños grupos, la lleven consigo para entonar ciertos estribillos de casa en casa. Similar a la cantada de villancicos que suelen hacer en los E. U. sólo que sin nieve. Similarmente también, las familias visitadas otorgan a los infantiles cantores navideños una recompensa que, si entre los gringos consiste en confitería, en Veracruz son algunas monedas. A veces los latinos somos más pragmáticos que nuestros vecinos.

El “pragmatismo” en nuestro caso jarocho obedecía y obedece, pues la tradición afortunadamente subsiste, a que los organizadores de Ramas (que desde luego no se les nombra rameros) suelen ser chamacos pobretes que, mediante la práctica de la tradición anual, pueden así obtener una plata, no usual en el resto del año.

En mis años infantiles la Rama era objeto de esmerada y profusa presentación. Dije en aquellos años, y mucha agua ha corrido bajo los puentes, porque en la actualidad la famosa Rama ha degenerado en una esmirriada ramita de unos cuantos centímetros y el adorno en dos o tres globos. (Como en la foto que ilustra este texto; obviamente no encontré una de “mi época”). Pero cuando yo era chico le poníamos cadenas de papel de china elaboradas previamente de la mejor manera. También farolitos, que entonces vendían en las misceláneas, consistentes en una especie de acordeón cilíndrico de papel, de tal manera que se podían extender desde su base plana hasta cierta longitud con esa forma de acordeón. La tapa superior era abierta y la base contaba con una velita que, encendida y extendido el farolito, le daban un aspecto muy vistoso, como esos adornos japoneses de papel. Desde luego, no recurríamos a la pobreza imaginativa actual de los globos.

Había entonces que asignar al más fortachón del grupo la dificultosa pero también distintiva tarea de cargar con la vistosa Rama, adornada con los elementos que he medio descrito y algunos más, si nos poníamos guapos. Fuerte y además hábil para la cargada, pues debía evitar que los farolitos pudieran incendiarse si fallaba la estabilidad vertical.
Ah, pero no todo era proveerse de una buena rama y adornarla. Las estrofas a cantar tenían no sólo su melodía sino también su acompañamiento con “instrumento musical”. Era también de manufactura infantil y consistía en una especie de sonaja que no era otra cosa que corcholatas, -que es como entonces se llamabas las tapas de refrescos o gaseosas-, horadadas en el centro e insertas en un sencillo alambre doblado haciendo forma circular. Simplemente las agitábamos y el ruido que se generaba era la “música” acompañante de las estrofas cantadas. Corcholatas que previamente se colocaban en las vías por donde transitaba el tranvía que, con su paso sobre ellas las dejaba bien aplanadas, listas como fichas para hacerles el agujero en el centro. No hay duda que los tranvías servían para muchas cosas.

Los estribillos de La Rama son ingenuos y graciosos. El principal y repetitivo dice: “Naranjas y limas / limas y limones / más linda es la Virgen / que todas las flores”
“En un portalito / de cal y de arena / nació Jesucristo / por la Nochebuena”.

Los había medio jocosos: “Arriba del cielo / mataron tortuga / lo supo San Pedro / y comió la pechuga” (Y no molesten cuestionando si las tortugas están provistas de pechuga).

También había estribillos galantes: “Yo corto el cogollo / de la verde uva / a usted señorita / la reina de Cuba”. Con su variante “Yo corto el cogollo / de la verde caña / a usted señorita / la reina de España”.

Y como la noche era fría, también había alusión a ello:
“Zacatito verde / lleno de rocío / el que no se tape / se muere de frío”
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Y claro, conminábamos a los de la casa a que salieran a darnos su aportación:
“Denme mi aguinaldo / si me lo han de dar / que la noche es corta / y tenemos que andar”.

Y así, entonando estribillos como los ejemplificados y muchos más que mi generación, incluyéndome, ha olvidado, recorríamos las casas del rumbo donde, por regla general, se nos obsequiaba alguna moneda así fuera la más modesta de la época.

Lo cual se agradecía con el siguiente estribillo:
“Ya se va la Rama / muy agradecida / pues en esta casa / fue bien recibida”.

Yo participé en varios años, más de una vez hasta con la distinción de tesorero. Desde luego, al final de la jornada nos repartíamos equitativamente la recaudación. Era la feliz época anual en que contaba yo con liquidez monetaria.

Han pasado muchos, muchos años pero en esta época recuerdo la tradición de La Rama y mi participación varias veces en ella. Hecho la mirada para atrás y allá, muy en el fondo, me veo escuincle con pantaloncitos cortos, particularmente uno que tenía la peculiaridad de poseer bolsas grandes. Perfecto para las ocasiones que fui asignado como recaudador de las monedas que los buenos vecinos nos obsequiaban.

Simple el recuerdo. Simple el escrito. Tal vez el “spirit of christmas” de quien lea estas líneas me sea favorable.

J. A. C.

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EL JUGUETE QUE MÁS ANHELÉ Y NO TUVE

En este mundo tan dramáticamente desigual, en que hay quién lo tiene todo, o casi todo, y hay quién no tiene nada, o casi nada, me pregunto si entre los niños que nada tienen en el nada se incluyen hasta los sueños, y si entre los niños que tienen todo, acaso alguna vez soñaron con algo que no se les dio. Yo fui un niño que, dentro de una relativa pobreza, tuvo el privilegio de poseer muchas cosas preciadas, y ciertamente estuve a años luz de las propias de un niño rico. Desconozco pues, la respuesta a mi propia pregunta, pero quiero recordar el sueño incumplido del juguete que más anhelé y no tuve.

En los tiempos de mi muy lejana infancia, excepcionalmente había los carritos de pedales que hoy, como desde hace tanto tiempo, proliferan incluso a precios bastante accesibles. No recuerdo mi edad, simplemente era un niño, cuando en vísperas de Navidad y Reyes, apareció en el escaparate de “La Kananga”, entonces famoso comercio del centro de Veracruz, un fabuloso carrito de pedales, réplica fidelísima de un Jeep, esos vehículos que el ejército de los Estados Unidos utilizó o utilizaba en la segunda guerra mundial. Idéntico el color, perfecta la escala. Y ciertamente no era de plástico sino de lámina, muy consistente parecía. Además, era el único, fuera del que se exhibía en el escaparate, no había otro más.
Tanto me fascinó que cada vez que me llevaban al centro, acudía a “La Kananga” (a una cuadra del Zócalo) a admirar, embelesado, aquel juguete, versión infantil del vehículo de la U.S. Army. Ahí, a través del cristal lo veía en todos sus detalles, en todo su indiscutible valor de diseño y, aunque me veía yo mismo dentro de él, también lo veía en toda su condición de inalcanzable.

Sea la edad que yo tuviera, ya no creía en los Santos Reyes, y ni pensar que en casa me lo podrían comprar. Consciente de esa realidad no creo siquiera haber soñado, -en el sentido de ilusionarme- en la posibilidad de tenerlo. O fue más bien eso, un sueño, en el concepto de algo que queda fuera de la realidad.

El gran anhelo irrealizable se me quedó por mucho tiempo, muy dentro. El seis de enero, aquel Jeep infantil, naturalmente ya no estaba en el escaparate de “La Kananga”; un niño de Veracruz lo estaría disfrutando en la, seguramente, riqueza de su hogar.

Me pregunto si él habría soñado en tenerlo. En mí, yo no diría que el sueño se derrumbó, sólo se fue esfumando, poquito a poco.

Finalmente a la penumbra se fue, no así al olvido.

J. A. C.

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aguila-veracruz

Club Águila de Veracruz / Campeón 1938

FANÁTICO DE SÉPTIMA ENTRADA

En mi infancia y juventud, cuándo vivía en mi porteño Veracruz natal, el equipo de beisbol de mis amores fue el glorioso club Águila. Obvio, se dirá, por ser el equipo representativo del puerto. Y lo de glorioso no es calificativo que yo le adjudique llevado por mi admiración, así se le conocía en el mundo beisbolero por las glorias deportivas históricamente ganadas. Fue de los primeros equipos creados en México, y de las glorias que hablo muchas se deben acreditar a tiempos anteriores a mi nacencia.

Por él habían pasado extraordinarios peloteros, muchos hechos en el propio estado de Veracruz, que desde siempre ha sido cuna de grandes beisbolistas. Pero los “grandes” en el equipo, siempre fueron los cubanos. Como Agustín Verde, que fue alguna vez mánager y los llevó a dos campeonatos, en 1937 primero y luego en 1938, justo en el año en que yo nací. Como Santos “Canguro” Amaro, que amén de extraordinario primera base y jonronero, pasados sus años de jugador activo sería también mánager y también campeón doble, en 1952 y 1961. El “Canguro” Amaro se casó con una porteña y se quedó a vivir en Veracruz hasta su muerte allá por el 2000; su hijo Rubén llegaría a las Mayores y jugó para los Cardenales, los Filis y los Yanquis.

Pero de la pléyade de grandes peloteros de aquella lejana época, si alguien fue verdaderamente único, inolvidable, – y que jugó algún tiempo en el Águila- fue el legendario cubano Martín Dihigo, acaso el más grande beisbolista que en Méxíco ha jugado. Todos coinciden en que tuvo la mala fortuna de vivir en una época en que las Ligas Mayores no daban cupo a los jugadores negros, pues igual hubiera brillado entre la mejor pelota de los Estados Unidos.

De los ídolos beisboleros que yo conocí en el glorioso Águila, destaco al pítcher Lino Donoso, (cubano, por variar), y me precio de haberlo visto en un inolvidable juego en que dejó “con la majagua al hombro” nada menos que a 18 bateadores. De los mexicanos, al “Huevito” Álvarez, extraordinario en el short stop, que nada le pedía a su similar de los yanquis de N. York, el gran Phil Rizzuto.

Y hablando de las Ligas Mayores, he de decir que en mis tiempos infantiles no había ningún mexicano en el beisbol de los Estados Unidos. Después, cuando yo cursaba la escuela secundaria, un veracruzano brillaría excepcionalmente: Beto Ávila. Jugó la segunda base para los Indios de Cleveland, estuvo tanto en alguna Serie Mundial como en Juego de Estrellas, fue champion bat en 1953. Ese año en que se coronó campeón de bateo, concluida la temporada en los E. U. llegó a Veracruz y se le recibió como a un héroe. Se le preparó un desfile por las principales avenidas porteñas. Beto a bordo de un automóvil abierto. Medio Veracruz estuvo ahí, incluyendo desde luego a todos nosotros, los alumnos de segundo de secundaria del Colegio Cristóbal Colón, que desertamos de las aulas para poder ser testigos del magno acontecimiento.

Usualmente, yo no tenía “plata” para acudir al parque de beis las veces que hubiera querido. Así que me convertí en consuetudinario “fanático de séptima entrada”. Me refiero a la encantadora tradición beisbolera en que se abrían las puertas del parque, justo en la “fatídica”, y podían ingresar a las tribunas pobretes y ociosos para ver gratis el final del partido. Era todo un show, pues nuestro ingreso generaba la rechifla del “respetable” y toda suerte de cuchufletas verbales, generalmente ingeniosas, nunca groseras. Era parte del espectáculo.

El cronista local que trasmitía por radio los juegos invariablemente destacaba con evidente intención: “ahora hacen su aparición los fanáticos de séptima entrada”… y se escuchaba como fondo la “música de viento” generada por la fanaticada con boleto pagado. En la Ciudad de México, el inolvidable cronista “Mago” Septién era más sutil, él decía: “Ya estamos en la séptima entrada y siguen entrando los fanáticos”.

Han pasado sesenta años. Hoy, en esta evocación nostálgica, lo digo con especial orgullo:

Yo fui fanático de séptima entrada.

J. A. C.

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Arthur Rubinstein

LA VEZ QUE ME SALUDÓ ARTHUR RUBINSTEIN

El Instituto Tecnológico de Monterrey, donde yo estudié la carrera de arquitecto allá por los años ´60, había fundado y promovía la SAT (Sociedad Artística Tecnológico), que año con año hacía llegar a Monterrey a los más acreditados artistas de la música, canto y ballet, que visitaban México. Además, cosa harto destacable, editaba para nosotros los estudiantes, un talonario especial para todos los conciertos a un precio mucho muy accesible. Fue una época verdaderamente de privilegio gracias a la cual hoy puedo jactarme de haber visto bailar a Tamara Toumanova y a Alicia Alonso, tocar el piano a Rubinstein y Claudio Arrau, el violín a Isaac Stern, el chello a Rostropovich, la guitarra a Andrés Segovia, escuchado cantar a Montserrat Cavallé.

Yo tenía entonces a un entrañable amigo de nombre José Antonio, a quien en forma cordial decíamos Pepe Toño. De esa manera me referiré a él en este texto nostálgico.

Pepe Toño y yo fuimos juntos muchas veces a esos conciertos y recuerdo especialmente cuando acudimos a ver a la ballerina Tamara Toumanova. Yo sabía de la excepcional bailarina rusa desde mi época de estudiante secundariano, pero nunca creí que la habría de ver bailar. Había ido a Monterrey cuando Pepe Toño estaba en el bachillerato del Tec y él, que entonces asistió a su concierto, me habló de la Toumanova casi con devoción de enamorado, evocando hasta el último gesto coreográfico de su interpretación de La Muerte del Cisne. La excepcional bailarina volvió a Monterrey cuando ya estaba yo en el Tec y claro, compartí con mi amigo de una inolvidable función de ballet en que, para felicidad del Pepe Toño y la mía propia, se incluyó la famosísima pieza de Saint Saens.

Pero si una experiencia se me quedó para siempre en el recuerdo, fue cuando fuimos a escuchar a Arthur Rubinstein. Si he de ser sincero, debo decir que no recuerdo en que consistió el programa. Creo que no importa mucho, lo importante es que tuvimos la afortunada experiencia de escuchar al más extraordinario intérprete del piano de la época. Otra experiencia, la que yo quiero evocar aquí, se nos dio terminado el concierto.

Cazadores de autógrafos como éramos Pepe Toño y yo, ni cortos ni perezosos bajamos de la “gallopa”, -ilustre localidad a la que invariablemente asistíamos- llegamos a la luneta y subimos al escenario en busca de Rubinstein y su preciadísimo autógrafo. Para nuestra poca fortuna se nos habían adelantado un grupito de elegantes señoras, típicas “señoras high society”, que así les decíamos a las damiselas propias de las familias que ostentaban el poder socio-económico de la industriosa ciudad.

Arthur Rubinstein estaba sentado ante una pequeña mesa, lucía cansado pero atendía amablemente a las señoras elegantes con quienes sostenía un diálogo en inglés. Ni el Pepe Toño ni yo sabíamos inglés, así que no entendíamos nada, y obviamente no participamos en el encuentro verbal con el maestro que las “señoras high society” acapararon. Una de las elegantes damas dijo algo a Rubinstein y le extendió el programa del concierto invitándolo a que lo autografiara. Nosotros no entendimos la respuesta de Rubinstein, pero lo cierto es que, de una manera amabilísima, exquisita diría, se negó a firmar. Y entonces, con igual gesto finísimo, extendió su mano y nos la brindó a todos y cada uno de nosotros para saludarnos y despedirse. Luego Rubinstein se retiró a su camerino y todos nos quedamos de no creer lo sucedido. Una de las señoras elegantes, ya en español, dijo algo sobre su decepción de no recibir el autógrafo, pero otra le respondió que no importaba en absoluto, que la experiencia inolvidable había sido “estrechar la mano del maestro”.

Pepe Toño y yo salimos del teatro y en el camino de regreso al Internado del Tec externamos nuestra decepción por no haber obtenido el anhelado autógrafo de Arthur Rubinstein. De la seriedad pasamos al humor cáustico recordando a las “señoras high society” y remedando sus expresiones. Mi amigo desahogó el vitriólico humor que lo caracterizaba y caricaturizó a la señora que no le dio importancia alguna a la negación del autógrafo, pues “la experiencia inolvidable había sido estrechar la mano del maestro”. Yo también saqué a relucir dardos venenosos, e igual hice sorna de aquella mujer burguesa que había minimizado la negación de una firma por la que Pepe Toño y yo hubiéramos dado “hasta nuestro semanario”.

Muchos años después comprendí cuán equivocados estábamos y que pueriles habíamos sido. Que aquella “señora high society” estaba en lo cierto, y que realmente el que Rubinstein se negara a estampar su firma en un programa de concierto había sido lo de menos, que lo verdaderamente importante de aquella experiencia había sido estar unos segundos frente al genio y no sólo eso, haber recibido de él el gesto excepcional de que nos extendiera su mano para saludarnos con exquisita cortesía.

Y que hoy puedo decir que hace muchos años, cuando yo era un joven estudiante, tuve el privilegio de estrechar la mano de un genio de la música, la del más grande pianista de toda una época: la mano gentil de Arthur Rubinstein.

Artículo publicado en steemit

J. A. C.

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EL NIÑO DE SARAMAGO

Cuando José Saramago aún no era premio Nobel, vino a México y visitó la Universidad Nacional. Dictó una conferencia, pero además, entre disquisiciones varias, dijo algo que particularmente a mí me conmovió. Saramago dijo que todo adulto, en todo momento de su vida, debía de llevar a un niño de la mano. Habrá que entender que simbólicamente, claro. Pero Saramago agregó que ese niño sería el que uno mismo fue una vez, el que vivió y sigue viviendo en cada uno de nosotros.

Desde entonces, gusto de pensar que, si Saramago no lo dijo expresamente, quiso decir que, en cierto modo, un viejo es todos los viejos, y un abuelo es todos los abuelos del mundo. Y que debe haber una magia tal en la relación de niños y viejos, nietos y abuelos, que hace posible que el niño se transporte a la raíz del viejo o abuelo, y se meta en su infancia lejana y así la reviva. Y es tal la magia, que también el viejo se convierta en niño, y pueda unir su mano con la del nieto, y juntos viajar al encuentro de horizontes perdidos.

Me ilusiona pensar que esa magia existe, y que cuando mis nietos ya hayan leído lo que alguna vez escribí sobre mis recuerdos de infancia, todos nos convertiremos en niños de la misma edad, y que tendremos la facultad de viajar juntos, en la alfombra mágica de la imaginación, y arribar al país de la infancia que una vez habité. Aún cuando yo no esté.

Iremos hasta mi viejo barrio, otra vez las casas serán de madera y techos de tejas de barro, otra vez la calle estará empedrada, otra vez volarán mariposas dibujando garabatos en el aire. Y otra vez se escuchará el pregón peculiar de los vendedores callejeros, y otra vez pasará frente a la casa un tranvía, y otra vez iríamos a la función de un cine cercano a ver películas de episodios y musicales de Fred Astaire.

Juntos habremos de jugar a elevar papalotes de papel de china y comeremos barquillos insertados en los dedos. Esperaremos que se haga la oscuridad y veremos la aparición de un insólito vendedor de cocuyos.

Con nuestros ojos infantiles, que son los más nítidos de todos los ojos, veremos pasar la vida sentados en el quicio de la vieja casa.

Y al final de la jornada, cuando haya caído la “noche tibia y callada de Veracruz”, juntos también, muy juntos, nos dedicaremos a rescatar el viejo y sencillo encanto de mirar las estrellas.

J. A. C.

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EL VENDEDOR DE COCUYOS

Hace muchísimos años, cuando yo era niño, a diario aparecían por el barrio donde yo vivía toda una pléyade de vendedores ambulantes, singulares personajes propios de una época ida, hoy casi extinguidos del folklore urbano del puerto de Veracruz (México) que es el lugar al que me refiero.
De todos aquellos cotidianos personajes, si alguno me dejó una huella especial en mi frágil memoria, fue el vendedor de cocuyos. De cocuyos, sí, esos insectos -¿coleópteros?- que se caracterizan por despedir una luz entre azul y verde, resaltada desde luego, en la negrura de la noche. Así es que, cuando oscurecía, era común la aparición de tan especial vendedor, con su carga de fascinantes insectos que transportaba en una especie de bolsa de plástico –si es que entonces ya había plástico- transparente. A su paso, el montón de cocuyos, apretujados en esa bolsa, brillaban como una especie de surrealista lámpara de luz fluorescente flotando en la oscuridad.

Desde luego que yo alguna vez los tuve, como tantos niños porteños, simplemente por tenerlos, por disfrutar de su extraño brillo luminoso, guardados en un frasco de vidrio y alimentados con corteza de árbol.
A la distancia del tiempo, evoco al vendedor de cocuyos como un personaje insólito, adelantado a “Cien años de Soledad”.
Y gusto de pensar que, como el buen Gabo no tuvo como yo, el privilegio de conocerlo, ello explica que no describa a Pietro Crespi recorriendo por las noches las callejuelas de Macondo, donde seguramente encontraría al vendedor de cocuyos, le compraría uno, y se lo llevaría a Amaranta Buendía como uno más de sus originales obsequios de amor.

J. A. C.

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EL PERRO QUE ACOMPAÑÖ A MI ABUELO

Comparto con ustedes un pedazo de la vida de mi abuelo y su perro, el Tedy. La nula originalidad en el nombre del perrín es imputable a mi persona, agravada por ser nombre de oso.

El Tedy de origen era un perro callejero que simplemente arribó a nuestra casa para adoptarse con nosotros. Yo era entonces un adolescente, había tenido varias mascotas, entre perros y gatos, pero el Tedy fue el preferido de la familia, especialmente por el abuelo… vaya sí lo fue, si se convirtió en su gran compañero.

Todos quisimos al Tedy, él también nos quiso; esto que suena a Poema Veinte de Neruda sería la mejor manera de definir nuestra relación humano-perruna. El Tedy era gracioso, noble, altamente cariñoso y tenía una que otra gracia, no muchas, a decir verdad.

Solía el Tedy acompañar a mi mamá cuándo ella se ponía a hacer sus pasteles y ambigús, afición maternal con que se procuraba una “plata” colocando sus exquisiteces gastronómicas básicamente con sus compañeros de trabajo. Compañía la del Tedy ciertamente interesada, pues mi madre tenía la generosidad de darle probetes de pastel, gelatinas, galletas, yemas de huevo, y otros bocadillos. Ah, porque el Tedy comía de todo lo de la comida familiar, nunca que yo recuerde se le dio comida perruna, menos ésas cosas que ahora comen los perracos; claro, no existían, pero aunque existieran entonces, nuestro perrín se alimentó con arroz, frijoles, sopas, espaguetis, guisados de proteína animal y postres.Creo que no era afecto al café.

Poco tiempo después de que llegó el Tedy a nuestra vida familiar yo me fui a estudiar a Monterrey. Unos años después, al filo de la conclusión de mi carrera mi madre murió. Mi padre había muerto siendo yo muy pequeño.

Pasaron más años, para entonces ya me había recibido yo de arquitecto, seguía viviendo en Monterrey y trabajaba en una compañía constructora. En mis vacaciones viajaba a visitar a mis abuelos que se habían ido a vivir a Fortín de las Flores. No sólo ellos me recibían con cariño, también el Tedy, que demostraba su júbilo haciendo cabriolas. Mientras yo permanecía en Fortín era mi compañero inseparable aunque, desde luego, el preferido era mi abuelo, yo estaba en segundo lugar.

Siguieron pasando los años y la abuela murió. El abuelo se quedó solo. Solo, y su perro.
El Tedy pasó a ser el gran compañero de mi abuelo, leal, cariñoso, entrañable compañero.

Abuelo y perro se hacían más viejos, se cuidaban mutuamente; bueno, mi abuelo decía que el Tedy lo cuidaba, y él no se diga los cuidados que le prodigaba a su perro, que ya acusaba los achaques de la tercera edad canina. Cuidados que a mí hasta me causaban algo de risa, pero viéndolo reflexivamente eran la manifestación de cuánto lo quiso. Y es que el abuelo hasta le daba aspirina cuándo, según él, le dolía la cabeza al Tedy, lo que hacía diluyendo un pedazo de la tableta en una cuchara con un poco de agua, que el perrín tomaba sin reparo alguno. Igual le procuraba algún brebaje para la panza, o le frotaba Vicks en malestares griposos.

Un día recibí en la constructora una llamada telefónica del abuelo. Me habló para comunicarme que el Tedy había muerto. No supe bien qué decirle, como difícilmente se pueden encontrar palabras para alguien que ha perdido un ser querido. Sonará a melodrama o exceso, pero no puedo interpretar de otra manera lo que fue el Tedy para mi abuelo.

Fue un perro longevo. Entre aquel día que se apareció en nuestra casa y su muerte transcurrieron quince años, y ha de haber tenido dos cuando nos llegó. Murió de viejo y, según el abuelo, murió tranquilo. Creo que fue un perro feliz.

Alguna vez le platiqué a un buen amigo cómo mi hija Tania se hizo de su gata, la “Colmi”. Era una gatilla al borde de la inanición que merodeaba cerca de un mercado, Tania la adoptó, la alimentó, la cuidó cómo hasta la fecha. Hoy la Colmi es una gatona cuya rechoncha anatomía difícilmente hace pensar que en su origen fue casi esquelética. Mi amigo, obviamente gatófilo, me dijo que, por haber hecho eso, Tania tiene ganada la mitad del cielo.

Pero el Tedy, el perro que quiso la familia, pero que finalmente fue el fiel compañero del abuelo en años difíciles de tristeza y soledad, por eso, que fue tanto, estoy seguro que se ganó no la mitad, sino entero, el cielo de los perros.

J. A. C.

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