LA ÚLTIMA NOCHE DEL MUNDO

autor: Ray Bradbury
(1920, Waukegan, Illinois – 2012, Los Ángeles, California, E. U.)

La última noche...

¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

La última noche...

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JOSEFINA ATIENDE A LOS SEÑORES

Autor: Guillermo Cabrera Infante
(Gibara, Cuba, 22 de abril de 1929 – Londres, 21 de febrero de 2005)

Mulata

Bueno, la cosa es que cuando uno tiene una casa no puede dejarse pasar la mota, porque ya se sabe que camalión que no muerde…

Porque, mire, por ejemplo, esa muchacha Josefina. Es de lo mejorsito. Limpia, asiadita, no arma bronca nunca y vive aquí, con lo que uno la tiene siempre a mano, y nunca anda regatiando que si le ha quedado poco, que si el tanto por siento de la casa, que si es mucho, que si esto que si lo otro y lo de más allá. Por ese lado no tiene un defectico. Bueno, pero sin embargo, no hay quién la haga moverse de la cama.

Mire que yo le digo: Josefina, has esto, Josefina, has lo otro. Josefina, esta niña, muévete. Sé más viva. Pues ni con eso. Y le ando atrás todo el bendito día. Porque a diligente sí que no me gana nadie. Si no, ¿cómo cre usté que yo hubiera llegado a montar este localsito? No crea que me he ganado esto con el sudor de mi sintura nada más. Qué va. De eso nada. A fuerza de espabilarme y de trabajar muy pero muy duro. Y no sólo horizontal. Porque, el difunto, que en pas descanse, no me dejó más que deudas.

Y ya usté sabe lo que era esto: yo aquí, una mujer sola para atenderlo todo y llevarlo adelante. Pero yo ni dormía (bueno, igualito que ahora). A las cuatro o a las cinco cuando se iba el último cliente, yo cogía y me ponía a contar el dinero y a repartir lo de cada una (porque eso sí: a repartir parejo lo que con justicia le toca a cada una, no hay quién me gane). Pues después que repartía el dinero, levantaba al chiquito que me limpia y le hasía ponerse a trabajar a esa hora. Bueno y para no cansarlo, me acostaba dos o tres horas nada más y a las ocho ya estaba yo despertando a las muchachas que tienen el turno de por la mañana para que se arreglaran y resibieran limpias y compuestas a los clientes mañaneros. Porque usté sabe que hay gente que tienen sus manías y vienen por aquí al ser de día para coger a las muchachas frescas y descansadas, y otros para evitar lo de las enfermedades. Vea, ¡como si una noche pudiera borrar las cruses! Pero bueno, hijo, hay que complaserlos a todos —porque eso sí: si una fama tengo yo es la de ser complasiente, porque para mí siempre el cliente, como es el que paga, tiene la razón y no porque éste sea un negocio de andar en cueros, no vaya a pensar que no hay que darle a cada uno lo que pida. Bueno, pero para no cansarlo, le diré… ¿por dónde iba yo? Ah sí.

Pues mire usté, después de las ocho ya no paraba yo: vaya a la plasa a hacer los mandados, cáigale arriba a la cosinera, después de comer, a resibir a las que duermen fuera y ponerlas pronto a trabajar, (porque usté sabe que si una fama tiene mi casa es la de tener siempre muchachas a disposición del que venga, a cualquier hora del día que venga, hasta las dos o las tres de la madrugada). Bueno, pues después de eso, me pongo a sacar lo que hayan ganado las vitrolas de los tres pisos, reviso cómo anda el baresito y mando al chiquito a la bodega, si hase falta cualquier bobería, y luego como ya es hora de la comida, pues a comer; y al acabar ya es de noche y bueno, para no cansarlo, que ya es la hora de empesar el ajetreo de a verdá verdá. Bueno, pues en todo ese tiempo, ¿qué cre que ha estado haciendo Josefina? ¡Dormiendo! Yo la he dejado porque ella lo único que pide es que la dejen dormir y ni siquiera anda peliando por la comida, que si es poco que si es mala, como algunas que yo conosco, y claro, yo la dejo dormir porque tengo que tenerla contenta; porque ella es muy solicitada por la clientela buena, pero rialmente esa muchacha es un dolor de cabesa contante. Yo comprendo que ella tiene proglemias de a verdá, pero ¡por favor! Quién no los tiene.

Bueno, y usté me ve a mí detrás de ella: Josefina,vieja, baja que te buscan. Esta niña, ¿por qué no estás en el resibidor, atendiendo a la gente y no aquí tirada en la cama? Pues ella ni caso que me hase y entonses no me queda más remedio que mandar a buscar a Bebo, su marido, y únicamente así es como ella se levanta, se arregla y está dispuesta a trabajar. Yo creo que ella no se da cuenta de cómo la trato, con qué considerasión. Porque bueno, vamos a ver: si ella estuviera en uno de esos guachinches de entra que te conviene, y no en una casa como ésta, de las grandes, respetada, autorisada por la polisía y sin un proglemia nunca, donde no se arresiben menores y hay que tocar para entrar y no entra todo el que quiere; ¡y en la calle que está! Porque usté sabe que eso de tener una calle seria no lo consigue todo el mundo. Pero bueno, para no cansarlo, voy a terminar de contarle lo de Josefina. Claro que ella no se llama Josefina. Ése es el nombre para el negosio, pero todo el mundo cre que es el de a verdá, y yo creo que le onviene esa crensia. Yo no voy a cogerme las glorias de habérselo puesto,. Fue ella mis la que lo escogió, porque no le gustaban nada los de siempre, de Berta, de Siomara, de Margó, y los demás. Así que se quedó Josefina. Claro que tampoco es de por aquí. Es de Pinar. Ella vino de allá a trabajar en una casa particular. Por Almendares. Y aunque ganaba poco, estaba contenta porque le daban cuarto y comida y sus ventisinco. Y entonse llegó este Bebo (que tampoco se llama Bebo), que entonse tenía uniforme. Y la enamoró y a la semana se metía en su cuarto de ensima del garaje. Y ya usté se puede imaginar el resto. Bueno, total: que él dejó de ser soldado y ella dejó de ser criada. Ella al principio se resistió y cuando me la trajeron aquí la primera ves, mordía. No hablaba con nadie. Hasta trató de matarse. ¿Usté no ha visto las marcas que tiene en la muñeca? Pero se acostumbró, como se acostumbra uno a todo. Yo al prinsipio era igual y ya ve usté. Ahora, que yo después de todo he tenido suerte. Ella no. Ella se le fue un día a Bebo con un chulomedio alocado, bien paresido él, Cheo, que vino de Caimanera: un verdadero pico de oro.

Figúrese que le disen Cheo Labia. Pues no duró mucho. Entonse fue cuando ella se metió en aquello de las carrosas de carnaval y usté recuerda lo del fuego. Bueno, total: que tuvieron que cortarle el braso y el otro la dejó. Entonse yo por pena la fui a visitar al hospital y al salir fue ella la que me pidió que la trajiera de nuevo. Luego volvió con Bebo. Y para que vea usté lo que es la gente, en ves de perjudicarla lo del braso, la benefisió. Y con su defegto y todo, es la que más hase. Porque oiga, hay gente para todo. Dígamelo a mí que a lo largo de mi carrera me he topado con cada uno. Conosí un tipo que no quería acostarse más que con mujeres con barriga y siempre andaba cayéndole atrás a las en estado. Había otro tipo que se privaba por las cojas. ¡Y cómo las pagaba! Podrá crer que ese tipo no las quería para acostarse, sino que las desnudaba a las pobres y se ponía a acarisiarle la pierna mala, hasta que le ocurría y se iba, sin haberse quitado ni el sombrero. Y allá en Caimanera conosí un yoni, marinero él, que no quería más que biscas. Decía cokay, cokay, y de ahí no había quién lo sacara. ¡Hay cada uno!

Bueno para no cansarlo, esta muchachita, Josefina (porque como usté habrá visto es linda sin cuento), se volvió la perla de mi casa. Y es claro, en esas condisiones hay que complaserla y por eso es que yo la tengo como la tengo, que le doy lo que pida. Si no.

¿Esigente? ¿Ella? Si no pide ni agua. Ahora que desde que volvió, después del susedido, tengo que guardarle de su parte para que se compre pastillas pa dormir. Sin que se entere Bebo, claro. Porque parese que ella se acostumbró en el hospital, pa dormir y aguantar los dolores y eso, pienso yo, a tomar esas pílduras y ahora no hay quién se las quite.

Entonse es cuando único molesta, cuando le falta su sedonal y no viene rápido el chiquito de la botica con el mandado. Oiga y que eso es como la mariguana y la cocaína. Un visio.

Yo digo que con visios sí que no se puede ni trabajar ni vivir tampoco. Porque, diga, bastante tiene una ya con estar esclavisada a un hombre para que también tenga que estar gobernada por unos frijolitos de esos. Pero bueno, ése es su único alivio y como a mí no me cuesta ni dinero ni trabajo guardarle su parte y encargarle con el chiquito las pílduras, pues lo hago. Ahora que es una lástima: una niña tan bonita como ella. Porque eso sí: ella es un cromo. Un cromito. Pero bueno, resinnación. Ella nasió con mala pata. Primero lo del camión y ahora lo del niño, no es jarana. Porque eso último sí que no lo quiero ni pa mi peor enemiga. Porque hay que ver cómo se esperansa uno con una barriga. Ya cre usté que va a salir de todos los apuros y que el hombre se va a regenerar y a portarse como persona desente de ahí palante. Aunque luego uno se desilusione, como me pasó a mí. Aunque a Dios grasias, mi hija me salió buena. Está mucho mejor que yo.

Porque oiga, ahí en Panamá está ganando lo que quiere y es la envidia de todas las que hasen el Canal: desde negras jamaiquinas hasta fransesas. Bueno, para no cansarlo, como le iba disiendo: eso del niño sí que fue un jaquimaso.

Porque perder un braso, bueno todavía queda otro para acarisiar y si no, la boca: mientras no se pierda lo que está entre las piernas. Pero ella pasó una. Las de Caíñas, sí señor. Ella que como le dije estaba tan esperansada y va, y la criatura le nase muertesita.

Ahora mejor así: porque era un femómemo, un verdadero mostro. Oiga, un femómemo completo. Hasta podía haberlo enseñado en un circo, que Dios me perdone. Es claro, eso la acabó de arrebatar. Estaba como boba, hubo días que ni salió del cuarto. Pero bueno, se le pasó. Es claro, que si no hubiera sío por las pastillas. Uté ve, ahí sí que la ayudaron mucho. Bueno, para no cansarlo: que si esa muchacha no estuviera conmigo que soy considerada y hasta me he encariñado con ella, la pasaría muy mal, porque yo sí que no la molesto y con tal que ella me cumpla. Porque si algo tengo yo es que soy comprensible, yo entiendo los proglemias de cada cual y respeto el dolor ajeno, claro mientras no me afette.

Ni a mí ni a mi negosio. Porque como disen los americanos bisne si es bisne. Pero esa muchacha Josefina, como le he contado, le tengo afecto de madre de a verdá. Sin motivo, porque mi hija es mucho más joven (y así y todo quién va a desir que yo tenga ya una hija de veinte años, eh), es más joven y es más bonita; además que mi hija tiene su apreparasión.

Porque eso sí: yo siempre me dije… Usté perdone, con permiso, me va a disculpar

un momentico porque por ahí entra el Senador con su gente, siempre bien acompañado el Senador. Quiay Senador. Cómo le va. Enseguida estoy con usté. (Aquí enternós: el Senador está metido con Josefina, dise que no hay quién se mueva como ella, además dise que ese mocho de braso lo ersita como ninguna cosa; me dise el Senador. Esa manquita tuya vale un tesoro, cará, dise. Si no fuera tan dormilona, dise. Ahora que hasta dormida se mueve, dise. Se mueve. Es una anguila la chiquita, dise él. ¡Ese Senador es el demonio!)

Bueno perdóneme. Que tengo que llamar a esa muchacha antes que el Senador se me impasiente, ¡Josefina! ¡Josefina! Josefina, atiende a los señores.

UN CUENTO DE NIÑO

autor: Roberto Cruz Piñón

(Coatzacoalcos, Ver 1933 – Ciudad de México 2013)ggNiño con pájaro Rubens

Es el cuento del niño que habita en la casa de piedra gris rodeada de un gran patio con árboles frutales y un hermoso jardín.
En el patio hay ciruelos, tamarindos, naranjos y papayos. También icacos, marañones y anonas. Anidan en los árboles tzensontles, clarines, pitirres, zanates, canarios, y algunas golondrinas en el pórtico de la entrada, desde donde parte un camino de baldosas rojas que termina rodeando la noria de azulejos. A los lados del camino, crecen los tulipanes, los jazmines, las gardenias y las dalias.
Revolotean sobre las flores, abejorros, libélulas, mariposas, avispas negras, pardas, amarillas. Cubren las paredes de la casa, la enredadera de flores blancas y los gruesos tallos de bugambilias que se desparraman sobre el techo.
– No quiero ser un ángel.
La ventana de la recámara del niño, tiene vidrios grandes, siempre limpios, que le permiten mirar el patio y el jardín, sin levantarse de la cama.
Pasa el día rodeado de libros y juguetes. Aliviado, a veces, pero sin mejorar, imagina salir de la casa a perseguir a las mariposas y a las libélulas y a volar con las aves. Cuando sopla el viento, mira las nubes blancas moviéndose en el cielo. Castillos de torres puntiagudas, monstruos acechando ciervos, barcos con remeros que, luego, se transforman en gigantes de brazos largos torcidos, diablos y querubines…
Entre todos los pájaros que cantan, hay uno gris, pequeño, con un lunar de plumas rojas encrespadas en la frente, como el cuerno de unicornio. Llega antes del amanecer y se posa en la rama que mece frente a la ventana de la casa. Su canto cristalino, agudo y armonioso, anuncia la salida del sol.
Al anochecer, las sombras de los árboles son brujos de rostros feos, que galopan en caballos flacos sobre el pecho del niño que se convulsiona. Y aparece la noche de ahogos y de pesadillas. También los monstruos traga-aire que no lo dejan respirar. Así, agonizando, hasta que escucha la nota que, increíblemente aguda, lo despierta.
El pájaro unicornio canta, posado en la rama. Se mueven las plumas de su pecho y agita las alas ahuyentando los monstruos. Vuela frente a la ventana y le canta al niño la música más hermosa.
– Quiero ser pájaro.
Así pasa los días y las noches el niño que, desde su lecho, mira el patio y el jardín de su casa y escucha el trinar del pájaro que canta todas las mañanas frente a su ventana.
El Señor de los Pájaros, observa.
El Señor de los Pájaros tiene su reino en una cueva azul. Al atardecer recibe a los pájaros de todo el mundo. El camino para llegar es largo y arriban agotados. Les da a beber un líquido transparente en cuencas de madera añeja. Es un líquido con polen de flores cultivadas en la cueva, mezclado con rocío de la mañana y miel purísima. También contiene pedacitos de papel pautado con notas que dibuja con tintes vegetales. El Señor de los Pájaros es el músico que compone las canciones de las aves. Algunas veces, el papel pautado lleva una nota especial.
Las aves duermen durante la noche y las despierta el Señor en el momento preciso. Acaricia sus alas, les da instrucciones y las anima a volar. Salen hacia todos los Sitios del mundo, y cantan.
El pájaro-unicornio no tiene plumas coloridas todavía. Es gris, como todos los pájaros iniciados. Con el tiempo recibirá sus plumas de colores. Por ahora, el Señor de los pájaros le ha puesto un cuerno rojo.
Cuando el pájaro llega a la rama del árbol, puede ver, por la ventana, a un niño enfermo que jadea su noche agitada. Lo mira, bate sus alas, aspira el aire profundamente, y trina. Se esfuerza por cantar su mejor melodía. Sabe que el niño lo espera. Canta la nota especial que le dio el Señor de los Pájaros: ser un niño, es el milagro más grande que le puede pasar a un ave.
El pájaro se convierte en el niño que respira, sano. El niño, en un pájaro que trina, en el cuento del niño que habita en la casa de piedra gris, rodeada de un patio con árboles frutales y un gran jardín.

(Ilustración: Niño con Pájaro. Rubens)

LAS LÍNEAS DE LA MANO

Autor: Julio Cortázar

Las líneas de la Mano

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí ( pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo ) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

VENTANA ABIERTA AL MAR

Autor: Agustín Monsreal

(n. 1941. Mérida, Yucatán. México)

  1. Ventana abierta al mar

Caminaba por la playa mirando hacia el fondo de la tarde, vagamente abandonado y apacible, casi podría decirse que despreocupado. Hacía una temporada más o menos larga que no percibía aquel sonido que lo torturaba. Se encontraba ya en la etapa final de la convalecencia y, si no fuera por esa suerte de amargura que en ocasiones le oscurecía el rostro, cualquiera se atrevería a afirmar que completamente recobrado. La última vez que escuchó el canto se precipitó al mar haciendo añicos los cristales de la ventana, y se salvó gracias a que en esos momentos los pescadores de la isla regresaban de su diaria labor. Un buen tiempo lo pasó postrado víctima de violentos ataques febriles en los que siempre repetía que le sacaran esa voz que le brotaba del centro mismo del cuerpo, y que cantaba y cantaba, que furiosa, insoportablemente cantaba. Ahora se restablecía dando paseos por la playa, pescando al amanecer, jugando a las cartas por la noche con sus camaradas y recordándola a ella, recordando su expresión de lejanía y tristeza, sus cabellos lacios y claros. Ella. ¿Volvería a verla algún día? La cuestión de la voz empezó la mañana en que fue conducido por sus padres a la morada de un anciano familiar, el cual, según decían, era un hombre sabio. Lo llevaron allí porque mostraba un comportamiento peculiar, y la víspera apenas si alcanzaron a frustrar su intento de arrojarse a la calle por la ventana. La casa del anciano era cegadoramente blanca en su exterior, y amplia, acogedora por dentro. Lo dejaron abrir todas las puertas y andar por todos los corredores y aposentos sin acecharlo ni reconvenirlo a cada instante, como acostumbraban. En la habitación que juzgó sería la sala, por la disposición del mobiliario, descubrió, sobre la repisa de la chimenea, una sorprendente botella verde que contenía una nave argiva a escala en su interior. Le causó tal extrañeza el objeto que prolongó su estatura por medio de una silla 6 para examinar de cerca los detalles, y como no le bastó con eso, trepó a la repisa. Durante largo rato estuvo recorriendo la superficie del vidrio, palmo a palmo, sin lograr hacer una brecha de luz en el misterio. Cuando advirtió que había oscurecido y que por lo tanto estaba próximo el momento de la partida, se decidió a quitar el tapón de corcho que mantenía clausurada la única posible vía de acceso al enigma; al destaparlo, una terrible voz femenina le martirizó los oídos y lo obligó a soltar la botella. Cayó entonces estrepitosamente al piso, sin sentido. Cuando volvió en sí (allá lejos el techo, inestable y borroso al principio; aneblado y sólido como una amenaza, después), se encontró acostado en un diván, vigorosamente amarrado. Recortadas contra la profundidad gris de un ventanal, tres siluetas inmóviles murmuraban palabras apesadumbradas y bajas. En cuanto notaron que había recobrado el conocimiento, sus padres salieron de la estancia sonriendo torpemente y el anciano se acercó, sosteniendo entre sus manos la miniatura liberada de su frágil prisión. Grave, ensombrecidamente le dijo: “A partir de ahora, el orden de tu vida será de continuo alterado mientras no sepas hallar una botella similar a la que has roto y consigas introducir en ella este navío”. Y tras una pausa amarga, trabajosa, espesa, concluyó: “Así está decretado”. Desató las ligaduras que lo sujetaban y le entregó la diminuta curiosidad de madera. Y él ya no retornó a la casa de sus padres (los largos corredores de su infancia, los muros llenos de murmullos, los múltiples escondrijos colmados de habitantes secretos). Esa misma noche lo trasladaron al albergue de la isla, donde quedó al cuidado de un grupo de personas cariñosas y afables que lo presentaron desde luego a los compañeros con quienes conviviría. Allí conoció, durante una de sus jornadas solitarias, a la muchacha que tenía una inalcanzable expresión de tristeza en la mirada. No la había visto sino una vez; una solamente, sentada sobre una roca revestida de musgo, con las piernas recogidas, refugiadas en una 7 dócil postura de nostalgia; con los labios vibrando en una especie de invocación anhelante, de íntimo lamento que buscara hacer eco en la distancia; y, como en un rito mil veces celebrado, sujetando en trenzas el viento lacio y claro de su cabellera. La contempló en silencio, llenándose de ella los ojos y el pensamiento, hasta que consideró peligroso que permaneciera en ese lugar, ya que la marea subía casi de golpe en esas horas vesperales. Fue entonces a su encuentro y la ayudó a descender. Era hermosa, suave y dura a un tiempo, como el agua. Se entrelazaron por la cintura y, sin hablar, echaron a andar por la franja de arena tibiamente desnuda, mojados los pies con los arrestos últimos de las olas murientes. La tarde, que languidecía lenta en la línea reposada del horizonte, se envolvía con los aires viejos e inubicables de los grillos —cómo endulzan los grillos con su enjambre de aires viejos el infinito repetido de los anocheceres—. Cuando ella dijo que debía retirarse (no quiso confiar a dónde), él le preguntó si la vería al día siguiente y ella respondió que no. Sabía, aunque ignoraba el origen de su conocimiento, que él pasaría un tiempo muy grande en el mar, un tiempo que llegaría a parecerles tan vasto como el mar mismo, pero que finalmente volverían a reunirse. Ella sabría aguardar. Trenzaría y destrenzaría una vez y otra sus cabellos, una tarde y otra tarde y otra, hasta que él regresara. Al despedirse, entre los rescoldos del ocaso, quedamente se dijeron hasta entonces. En ocasiones, llevado de la mano por ese laborioso régimen de sol y brisa marina a que era sometido sin dejárselo sentir, lograba que los pasados sucesos —la nave y la voz y la botella— durmieran un sueño que casi parecía el del olvido. Pero siempre llegaba a despertarlo, de manera violenta, aquel sonido impiadoso que lo corroía, aquel canto que le devastaba los sentidos y lo obligaba a arrojarse contra las ventanas en inútiles pretensiones de fuga. Por eso se dio a buscar con una avidez desesperada la forma de vidrio verde que lo redimiría de la obsesión; por eso su mirada semejaba un faro infatigable, una ansiedad en 8 perpetuo estado de alerta. Calladamente infeliz, confuso y desesperanzado, llegó a imaginarse condenado a sufrir la vana búsqueda eternamente, y las ventanas, el infierno que representaban en su soledad las ventanas. Ahora convalecía de la última vez deambulando por la playa, abandonado vagamente y apacible, aspirando el aroma de sombra y el silencio con que se maduraba el crepúsculo. Se había alejado un trecho largo, y regresaba ya al albergue, cuando la punta de un guijarro le desgarró rabiosamente la planta del pie izquierdo. El accidente se le reveló como un presagio, como el inequívoco signo de la próxima, de la inminente culminación de su infortunio, ya que al estar lavando el ardor de la herida con agua salada y un puñado de esponja virgen, vislumbró a la distancia, como flotando en la cima de un acantilado, la estructura brumosa de una casa. Sin un propósito determinado, casi sin reparar en lo que hacía, se incorporó y se dirigió hacia ella. Después de llamar a la entrada principal varias veces sin recibir contestación, se coló al interior por una puerta lateral, sólo entornada, que golpeaba y golpeaba levemente impulsada por el viento, apenas impetuoso. Un resplandor intenso inundaba la enormidad de la casa. No había nadie en los corredores, ni en las habitaciones que recorrió una a una, sin vacilaciones ni apresuramientos, hasta que se halló por fin en la que, al parecer, era la sala. Crepitaba amable el fuego en el hogar y creyó escuchar, dulcificado por la lejanía, con un acento de antigüedad muy triste, un ensimismado rumoreo de grillos. Todo era tan cálido, tan bondadoso, emanaba tanta serenidad y era como tan íntimamente conocido todo, que sin sorprenderse mayor cosa, más bien como si de antemano hubiera sabido que en ese sitio lo aguardaban, descubrió, sobre la trama sigilosa de la alfombra, su nave y una botella verde con algo en su opacidad de secreto e inmemorial. Sintiéndose liberado por fin del hábito de la pesadumbre, excitado y agradecido por la felicidad que le procuraba el tan deseado encuentro, se arrodilló, 9 como en una ceremonia, y acarició profundamente el perfil curvado del frasco. Aspiró luego el aire liviano y generoso de la estancia y se dijo que debía poner de inmediato manos a la obra. Lo primero fue aproximar el navío a la boca de la botella, y de allí comenzó a tirar hacia adentro, con vehemente empeño y amoroso cuidado, a tirar. Al cabo de tres infructuosas tentativas, comprendió que por ese medio no lograría entrarlo jamás y se sentó a cavilar acerca del modo de realizar su propósito. Tuvo la impresión, entonces, de que los muebles adquirían un tamaño desproporcionado, desarrollando su estatura hasta casi tocar el espacio remoto del cielo raso, y de que las llamas, indóciles y fugaces a manera de espuma, se desbordaban fuera del marco ahora gigantesco de la chimenea. La alfombra misma parecía extenderse, dilatar en forma paulatina sus límites y envolverlo con suavidad en su dibujo. (Recobró fugitivamente sus juegos de la niñez, el recuerdo de cuando era tan pequeño que podía hurtarse a la vigilancia severa de sus mayores metiéndose debajo de algún estante o alguna mesa para observar qué distinto, qué extraño y sobrecogedor se mostraba el mundo desde esa perspectiva íntima, despreocupada.) Entretanto las cosas, en derredor, avanzaban lentas en su crecimiento, se alejaban cada vez más de él, lo disminuían mientras él, atento de nuevo a su proyecto, discurría que había que ingresar las partes una a una y volver a armar cuando estuviesen todas incluidas. Afanosa, esforzadamente desarmó y fue numerando fragmentos. Al terminar esta absorbente labor, sin perder un minuto emprendió la tarea de introducir la minúscula embarcación. Y en el instante preciso en que se abismaba, mástil al hombro, en aquel universo aislado, denso, verde y transparente, advirtió, con un terrible sobresalto, la llegada de una figura descomunal de lacios cabellos claros, que cantaba y cantaba, que enfebrecida, insoportablemente cantaba, y que al ver la botella en el suelo frente a las partes dispersas (él, colérico, aterrado, se aporreaba contra las enérgicas paredes de vidrio para llamar la atención de la mujer), con un 10 movimiento rápido y resuelto la cogió por el cuello y, sin sospechar siquiera que hubiese alguien adentro, la arrojó al mar a través de la ventana abierta.

(Fuente: Material de Lectura. ( serie editorial de la UNAM ). Publicación: Agustín Monsreal, selección de textos realizada por Vicente Francisco Torres)
Ilustración: La fenetre ouverte (La ventana abierta). Óleo sobre lienzo de JUAN GRIS.

 

DIOS EN LA TIERRA

Autor: José Revueltas

(1914 Santiago Papasquiaro, Durango – 1976 Ciudad de México. México)

Dios en la Tierra

La población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada completamente como si sobre sus puertas y ventanas se hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión de tan profundas, de tan gruesas, de tan de Dios. Jamás un empecinamiento semejante, hecho de entidades incomprensibles, inabarcables, que venían… ¿de dónde? De la Biblia, del Génesis, de las Tinieblas, antes de la luz. Las rocas se mueven, las inmensas piedras del mundo cambian de sitio, avanzan un milímetro por siglo. Pero esto no se alteraba, este odio venía de lo más lejano y lo más bárbaro. Era el odio de Dios. Dios mismo estaba ahí apretando en su puño la vida, agarrando la tierra entre sus dedos gruesos, entre sus descomunales dedos de encina y de rabia. Hasta un descreído no puede dejar de pensar en Dios. Porque ¿quién si no Él? ¿Quién si no una cosa sin forma, sin principio ni fin, sin medida, puede cerrar las puertas de tal manera? Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los Ejércitos; Dios de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hostil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloquecedora maldición, está en todo lugar: en el siniestro silencio de la calle; en el colérico trabajo; en la sorprendida alcoba matrimonial; en los odios nupciales y en las iglesias, subiendo en anatemas por encima del pavor y de la consternación. Dios se había acumulado en las entrañas de los hombres como sólo puede acumularse la sangre, y salía en gritos, en despaciosa, cuidadosa, ordenada crueldad. En el Norte y en el Sur, inventando puntos cardinales para estar ahí, para impedir algo ahí, para negar alguna cosa con todas las fuerzas que al hombre le llegan desde los más oscuros siglos, desde la ceguedad más ciega de su historia.
¿De dónde venía esa pesadilla? ¿Cómo había nacido? Parece que los hombres habían aprendido algo inaprensible y ese algo les había tornado el cerebro cual una monstruosa bola de fuego, donde el empecinamiento estaba fijo y central, como una cuchillada. Negarse. Negarse siempre, por encima de todas las cosas, aunque se cayera el mundo, aunque de pronto el Universo se paralizase y los planetas y las estrellas se clavaran en el aire.
Los hombres entraban en sus casas con un delirio de eternidad, para no salir ya nunca, y tras de las puertas aglomeraban impenetrables cantidades de odio seco, sin saliva, donde no cabían ni un alfiler ni un gemido.
Era difícil para los soldados combatir en contra de Dios, porque Él era invisible, invisible y presente, como una espesa capa de aire sólido o de hielo transparente o de sed líquida. ¡Y cómo son los soldados! Tienen unos rostros morenos, de tierra labrantía, tiernos, y unos gestos de niños inconscientemente crueles. Su autoridad no les viene de nada. La tomaron en préstamo quién sabe dónde y prefieren morir, como si fueran de paso por todos los lugares y les diera un poco de vergüenza todo. Llegaban a los pueblos sólo con cierto asombro, como si se hubieran echado encima todos los caminos y los trajeran ahí, en sus polainas de lona o en sus paliacates rojos, donde, mudas, aún quedaban las tortillas crujientes, como matas secas.
Los oficiales rabiaban ante el silencio; los desenfrenaba el mutismo hostil, la piedra enfrente, y tenían que ordenar, entonces, el saqueo, pues los pueblos estaban cerrados con odio, con láminas de odio, con mares petrificados. Odio y sólo odio, como montañas.
—¡Los federales! ¡Los federales!
Y a esta voz era cuando las calles de los pueblos se ordenaban de indiferencia, de obstinada frialdad y los hombres se morían provisionalmente, aguardando dentro de las casas herméticas o disparando sus carabinas desde ignorados rincones.
El oficial descendía con el rostro rojo y golpeaba con el cañón de su pistola la puerta inmóvil, bárbara.
—¡Queremos comer!
—¡Pagaremos todo!
La respuesta era un silencio duradero, donde se paseaban los años, donde las manos no alcanzaban a levantarse. Después un grito como un aullido de lobo perseguido, de fiera rabiosamente triste;
—¡Viva Cristo Rey!
Era un Rey. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué caminos espantosos? La tropa podía caminar leguas y más leguas sin detenerse. Los soldados podían comerse los unos a los otros. Dios había tapiado las casas y había quemado los campos para que no hubiese ni descanso ni abrigo, ni aliento ni semilla.
La voz era una, unánime, sin límites: “Ni agua.” El agua es tierna y llena de gracia. El agua es joven y antigua. Parece una mujer lejana y primera, eternamente leal. El mundo se hizo de agua y de tierra y ambas están unidas, como si dos opuestos cielos hubiesen realizado nupcias imponderables. “Ni agua.” Y del agua nace todo. Las lágrimas y el cuerpo armonioso del hombre, su corazón, su sudor. “Ni agua.” Caminar sin descanso por toda la tierra, en persecución terrible y no encontrarla, no verla, no oírla, no sentir su rumor acariciante. Ver cómo el sol se despeña, cómo calienta el polvo, blando y enemigo, cómo aspira toda el agua por mandato de Dios y de ese Rey sin espinas, de ese Rey furioso, de ese inspector del odio que camina por el mundo cerrando los postigos…
¿Cuándo llegarían?
Eran aguardados con ansiedad y al mismo tiempo con un temor lleno de cólera. ¡Que vinieran! Que entraran por el pueblo con sus zapatones claveteados y con su miserable color olivo, con las cantimploras vacías y hambrientos. ¡Que entraran! Nadie haría una señal, un gesto. Para eso eran las puertas, para cerrarse. Y el pueblo, repleto de habitantes, aparecería deshabitado, como un pueblo de muertos, profundamente solo.
¿Cuándo y de qué punto aparecerían aquellos hombres de uniforme, aquellos desamparados a quienes Dios había maldecido?
Todavía lejos, allá, el teniente Medina, sobre su cabalgadura, meditaba. Sus soldados eran grises, parecían cactus crecidos en una tierra sin más vegetación. Cactus que podían estarse ahí, sin que lloviera, bajo los rayos del sol. Debían tener sed, sin embargo, porque escupían pastoso, aunque preferían tragarse la saliva, como un consuelo. Se trataba de una saliva gruesa, innoble, que ya sabía mal, que ya sabía a lengua calcinada, a trapo, a dientes sucios. ¡La sed! Es un anhelo, como de sexo. Se siente un deseo inexpresable, un coraje, y los diablos echan lumbre en el estómago y en las orejas para que todo el cuerpo arda, se consuma, reviente. El agua se convierte, entonces, en algo más grande que la mujer o que los hijos, más grande que el mundo, y nos dejaríamos cortar una mano o un pie o los testículos, por hundirnos en su claridad y respirar su frescura, aunque después muriésemos.
De pronto aquellos hombres como que detenían su marcha, ya sin deseos. Pero siempre hay algo inhumano e ilusorio que llama con quién sabe qué voces, eternamente, y no deja interrumpir nada. ¡Adelante! Y entonces la pequeña tropa aceleraba su caminar, locamente, en contra de Dios. De Dios que había tomado la forma de la sed. Dios ¡en todo lugar! Allí, entre los cactus, caliente, de fuego infernal en las entrañas, para que no lo olvidasen nunca, nunca, para siempre jamás.
Unos tambores golpeaban en la frente de Medina y bajaban a ambos lados, por las sienes, hasta los brazos y la punta de los dedos: “a…gua, a…gua, a…gua. ¿Por qué repetir esa palabra absurda? ¿Por qué también los caballos, en sus pisadas… ?” Tornaba a mirar los rostros de aquellos hombres, y sólo advertía los labios cenizos y las frentes imposibles donde latía un pensamiento en forma de río, de lago, de cántaro, de pozo: agua, agua, agua. “¡Si el profesor cumple su palabra…!”
—Mi teniente… —se aproximó un sargento.
Pero no quiso continuar y nadie, en efecto, le pidió que terminara, pues era evidente la inutilidad de hacerlo.
—¡Bueno! ¿Para qué, realmente…? —confesó, soltando la risa, como si hubiera tenido gracia.
“Mi teniente.” ¿Para qué? Ni modo que hicieran un hoyo en la tierra para que brotara el agua. Ni modo. “¡Oh! ¡Si ese maldito profesor cumple su palabra…!”
—¡Romero! —gritó el teniente.
El sargento movióse apresuradamente y con alegría en los ojos, pues siempre se cree que los superiores pueden hacer cosas inauditas, milagros imposibles en los momentos difíciles.
—¿…crees que el profesor… ?
Toda la pequeña tropa sintió un alivio, como si viera el agua ahí enfrente, porque no podía discurrir ya, no podía pensar, no tenía en el cerebro otra cosa que la sed.
—Sí, mi teniente, él nos mandó avisar que con seguro ai’staba…
“¡Con seguro!” ¡Maldito profesor! Aunque maldito era todo: maldita el agua, la sed, la distancia, la tropa, maldito Dios y el Universo entero.
El profesor estaría, ni cerca ni lejos del pueblo para llevarlos al agua, al agua buena, a la que bebían los hijos de Dios.
¿Cuándo llegarían? ¿Cuándo y cómo? Dos entidades opuestas enemigas, diversamente constituidas aguardaban allá: una masa nacida de la furia, horrorosamente falta de ojos, sin labios, sólo con un rostro inmutable, imperecedero, donde no había más que un golpe, un trueno, una palabra oscura, “Cristo Rey”, y un hombre febril y anhelante, cuyo corazón latía sin cesar, sobresaltado, para darles agua, para darles un líquido puro, extraordinario, que bajaría por las gargantas y llegaría a las venas, alegre, estremecido y cantando.
El teniente balanceaba la cabeza mirando cómo las orejas del caballo ponían una especie de signos de admiración al paisaje seco, hostil. Signos de admiración. Sí, de admiración y de asombro, de profunda alegría, de sonoro y vital entusiasmo. Porque ¿no era aquel punto… aquél… un hombre, el profesor…? ¿No?
—¡Romero! ¡Romero! Junto al huizache… ¿distingues algo?
Entonces el grito de la tropa se dejó oír, ensordecedor, impetuoso:
—¡Jajajajay…! —y retumbó por el monte, porque aquello era el agua.
Una masa que de lejos parecía blanca, estaba ahí compacta, de cerca fea, brutal, porfiada como una maldición. “¡Cristo Rey!” Era otra vez Dios, cuyos brazos apretaban la tierra como dos tenazas de cólera. Dios vivo y enojado, iracundo, ciego como Él mismo, como no puede ser más que Dios, que cuando baja tiene un solo ojo en mitad de la frente, no para ver sino para arrojar rayos e incendiar, castigar, vencer.
En la periferia de la masa, entre los hombres que estaban en las casas fronteras, todavía se ignoraba qué era aquello. Voces sólo, dispares:
—¡Sí, sí, sí!
—¡No, no, no!
¡Ay de los vecinos! Aquí no había nadie ya, sino el castigo. La Ley Terrible que no perdona ni a la vigésima generación, ni a la centésima, ni al género humano. Que no perdona. Que juró vengarse. Que juró no dar punto de reposo. Que juró cerrar todas las puertas, tapiar las ventanas, oscurecer el cielo y sobre su azul de lago superior, de agua aérea, colocar un manto púrpura e impenetrable. Dios está aquí de nuevo, para que tiemblen los pecadores. Dios está defendiendo su iglesia, su gran iglesia sin agua, su iglesia de piedra, su iglesia de siglos.
En medio de la masa blanca apareció, de pronto, el punto negro de un cuerpo desmadejado, triste, perseguido. Era el profesor. Estaba ciego de angustia, loco de terror, pálido y verde en medio de la masa. De todos lados se le golpeaba, sin el menor orden o sistema, conforme el odio, espontáneo, salía.
—¡Grita viva Cristo Rey…!
Los ojos del maestro se perdían en el aire a tiempo que repetía, exhausto, la consigna:
—¡Viva Cristo Rey!
Los hombres de la periferia ya estaban enterados también. Ahora se les veía el rostro negro, de animales duros.
—¡Les dio agua a los federales, el desgraciado!
¡Agua! Aquel líquido transparente de donde se formó el mundo. ¡Agua! Nada menos que la vida.
—¡Traidor! ¡Traidor!
Para quien lo ignore, la operación, pese a todo, es bien sencilla. Brutalmente sencilla. Con un machete se puede afilar muy bien, hasta dejarla puntiaguda, completamente puntiaguda. Debe escogerse un palo resistente, que no se quiebre con el peso de un hombre, de “un cristiano”, dice el pueblo. Luego se introduce y al hombre hay que tirarlo de las piernas, hacia abajo, con vigor, para que encaje bien.
De lejos el maestro parecía un espantapájaros sobre su estaca, agitándose como si lo moviera el viento, el viento, que ya corría, llevando la voz profunda, ciclópea, de Dios, que había pasado por la tierra.

La mejor Atajada en la historia del Futbol

Autor: Javier Aviña Coronado

De acuerdo a los enciclopedistas del futbol soccer, la mejor atajada habida en toda la historia de este deporte, se le acredita a Gordon Banks, portero de la selección inglesa, a cabezaso de Pelé, suceso ocurrido en el campeonato mundial México 1970. (Fotografía).  

Gordon Banks 1

Difiero en algo:
Efectivamente, a Gordon Banks se le puede atribuir la mejor atajada de la historia futbolística; pero sucedió en el Filbert Street Stadium, de Leicester, Inglaterra, en 1965, en ocasión de que un honorable perro pretendió ingresar a la cancha, seguramente a demostrar sus habilidades en el manejo del balón. Injustamente, la historia futbolera no registra mayores datos del audaz canino.
He aquí la foto de este hecho histórico:

Gordon Banks 2